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Parafernalia

Viernes, 3 Julio, 2009

Los que busquen en estas líneas una crítica a la política económica y de club que el Madrid ha rescatado en el segundo adbenimiento de Florentino (“¿Hay alguien que sea capaz de imaginarse el fútbol sin el Real Madrid?”) pueden dejar de leer. No se de dónde sacará los “millardos” el nuevo mesías de las huérfanas praderas futbolísticas, ni entraré en consideraciones éticas que otros estarán en mejor disposición intelectual de debatir. El merengón que lea estas líneas ha de saber por adelantado que éste culé no escribe sobre el Madrid muy a menudo (de hecho este será, quizás, el segundo o tercer párrafo que uno le dedica), ni sucumbe a esa supuesta monomanía obsesiva que se tiene en Barcelona por lo que se cuece en las blancuras, y que ciertos medios se dedican a medir con un curioso aparato bautizado con tanto éxito como “el cagómetro”.

Según cuentan los profesionales en la utilización de tan extraordinario aparato, en las últimas semanas las lecturas del “cagómetro” se han disparado hacia escalas nunca vistas hasta la fecha (ni siquiera alcanzadas tras el gol de Higuaín en el Bernabéu). Los pusilánimes culés, (léase paganos herejes), liderados por el infame Laporta, se revuelven temerosos en su vil oscuridad, aferrándose a falsas profecías sobre los cataclismos y dilubios universales que acarrearán las grandiosas inversiones económicas de Florentino, apelando a su falsa moral y a su incrédula hipocresía. Esta es la visión que parece sugerir la prensa madridista de Madrid. Y ojo, sólo digo que lo parece, o al menos esta es la impresión que uno humildemente tiene y a la que, insisto, no pretendo añadir una enésima réplica.

Aclarado esto, seámos un poco más serios, pues como dijo el piloto Robert Kubica (y me gustaría que constara que uno no es precisamente un fan de la Fórmula 1), “Preferiría haber competido hace 30 años, con menos parafernalia.” Se ha dicho muchas veces que a la plantilla que ha sufrido muchos cambios de un año para otro le cuesta más esamblarse y sublimar un fútbol de equipo, con sus automatismos, su autoconocimiento de las propias virtudes y limitaciones, así como de sus complegidades internas.  En contra de estos argumentos, es un hecho contrastable que los equipos que realizan inversiones fuertes y revolucionan sus plantillas con valores seguros suelen arrojar dividedos en un periodo de tiempo muy corto (aunque, claro está, habrá quien encuentre sonoras excepciones) llevados, quizás, por una inyección psicológica además del componente puramente futboísitico. La temporada 96/97 con el Barça de Sir Bobby Robson (con Luís Enrique, Giovanni, Ronaldo, Pizzi…) y el Madrid de Fabio Capello (Suker, Mijatovic, Roberto Carlos, Illgner, Panucci…) es un buen ejemplo de ello. Lo que quiero decir con esto es que seguramente (y no saben cuánto me gustaría equivocarme…) la temporada que viene el Madrid irá como un tiro. El problema para ellos es que el Barça, no lo duden, va más bien como un misil.

No se a ustedes, pero a un servidor le resulta muy difícil imaginar un equipo capaz de plantar cara al Barça del curso anterior, por muchos nombres y fichajes de relumbrón que tenga. Claro está que son muchos los factores que influyen en el nivel futbolístico de un equipo, y que el excelso momento de forma alcanzado por los chicos de Guardiola debe responder a un equilibrio muy frágil y complicado, y por ende difícil de mantener, lo que debe hacernos reflexionar acerca de la enorme dificultad de los éxitos vividos la temporada pasada. No vean en esta última frase una especie de epitafio al “Pep-Team” tras los movimientos de mercado de este verano (que no lo olviden, recién empieza), ¡ni muchísimo menos! Bien es cierto que una racha triunfal de tal calibre será difícilmente repetible, y que un Madrid tildado por muchos de mediocre pudo aguantar el tremendo tirón, pero no olbidemos que tanto los blancos como los blaugrana batieron récords durante este toma y daca espectacular. Los que piensen que el Madrid de Cristiano Ronaldo y Kaká superará automáticamente los puntos conseguidos por el de Higuaín y Raúl en la pasada campaña sucumben a una visión algebraica y simplista del fútbol muy alejada de la realidad.

Lo único que podemos afirmar a día de hoy sobre el devenir de la temporada que está por llegar es la idea de fútbol que propondrá el Barça en su primer encuentro oficial, y esto ha de representar algo muy alentador para los culés. Nuestro fútbol de posesión y posición (el fútbol total más genuino) busca lo incontenstable, lo imparable: la perfección (que no por inalcanzable ha dejado de ser buscada con ímpetu por nuestros chicos). No olvidemos que varias personalidades del mundo del fútbol (quén sabe si de forma exagerada y sucumbiendo a la parafernalia de que nos advertía Kubica) nos colocaron entre los mejores equipos de la historia del fútbol, comparándonos con el fantasioso Brazil’70 de Pelé, la precisa Naranja Mecánica de Cruyff o el abasallador Milan de Sacchi entre otros. Pensar que le Madrid que está por venir entrará automáticamente en este selecto club por el mero hecho de haber gastado más que nadie hasta la fecha es, aunque en absoluto descartable, poco menos que aventurarse en una osadía a mi juicio algo temeraria. Si seguimos desplegando tal nivel futbolístico no impagino rival posible (si bien espero que el carácter cauto de Guardiola le empuje, por nuestro bien, a pensar todo lo contrario).

Así pues, no se si se dará el caso, pero el Madrid debería cuidarse mucho de subestimar al Barça. Por un lado, resulta difícil pensar que un tipo tan sensato como parece ser Manuel Pellegrini (“El entrenador es 95% en la semana y 5% en el partido”) pueda incurrir en este error fatal, si bien está por ver si su papel en todo este tinglado que es el Real Madrid será de una relevancia acorde con su cargo o bien, como sugieren algunos, el de mero comparsa del condescendiente Florentino, opinión esta última que no comparto en absoluto, pues no me imagino al presidente blanco, por muy tocado por todos los ángeles y arcángeles que esté, haciendo las alineaciones cada domingo.

Para acabar déjenme romper una lanza en favor del equipo técnico y directivo del Barça, que en las últimas fechas está recibiendo algunos palos por su supuesta pasibidad en el mercado. No se equivoquen, ni siquiera Manchester y Milan, con dinero fresco en sus arcas, han movido ficha. De bien seguro Txiki tenía una hoja de ruta ya trazada en primavera que las cantidades manejadas por el Madrid han hecho inviable. A falta del desenlace del caso Eto’o (una auténtica lástima), no se puede negar que la alternativa Villa, muy válida en mi opinión, habría sido mucho más fácil de no ser por Cristiano y Kaká, negociando con un Valencia que tristemente, y a pesar de las apariencias a juzgar por cómo está llevando la negociación, acumula una deuda de más de 500 millones de euros. No hay duda que si el fichaje cristalizara sería una gran notícia, además de que sería el segundo delantero (después, no lo olvidemos, del propio Eto’o) que llega al Barça gracias a la magnanimidad de Florentino, que en un acto conciliador decidió renunciar al Guaje por no “herir sensibilidades ni provocar un enfrentamiento con toda una comunidad autónoma como la valenciana”. Florentino Pérez, guardián y abanderado de la paz mundial, el nuevo Gandhi, ¡dejad que los niños se acerquen a él! ¡Oh happy day, oh happy day!

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Entre el León y el Cazador

Domingo, 16 Diciembre, 2007

“El deporte es una estilización de la guerra.” Comparto completamente esta reflexión del escritor Francisco Umbral (recordado popularmente por su divertidísima discusión televisiva con Mercedes Milá). En el fútbol como en la guerra existen los mariscales y los soldados rasos, los estrategas, los héroes para unos y villanos para otros, la gloria de las grandes victorias, la descarnada amargura de la derrota, las gestas eternas que son el orgullo de las masas… Según Bill Shankly “El fútbol no es una cuestión de vida o muerte, es mucho más que eso.” Faltan 7 días. Hablemos del clásico.

Como ya defendí en otra ocasión (http://blogs.mundodeportivo.es/rodri/2007/08/19/barca-madrid-sin-concesiones/) en mi opinión no hay concepto deportivo que supere en importancia a la rivalidad existente entre Barça y Madrid. Desearía que no se dejaran llevar por la jerga belicista que envuelve este post pues hablo única y exclusivamente en términos deportivos: aborrezco a los ultras y a los locos de forofismo que utilizan el deporte como herramienta para desatar su patología. Escribo las líneas que siguen, por lo tanto, a sabiendas de que algunos malinterpretarán mis palabras.

Personalmente pienso que conceptos como ferplay, cortesía o señorío no tienen cabida en un clásico de máxima rivalidad: no me gusta ver a los dos equipos saltando al césped juntos, ni declaraciones como las de Eto’o el pasado día 15 de noviembre (“El Madrid tiene un ritmo brutal”), pues no se puede ceder al rival irreconciliable ni el más mínimo apoyo o ventaja que, como en este ejemplo concreto, afiance la confianza en sus posibilidades. Puede (y debe) existir respeto entre deportistas, pero no en situaciones próximas en el espacio y el tiempo a un clásico. Antes del partido de Octavos de Final del Mundial de Francia’98 entre Inglaterra y Argentina, un periodista argentino preguntó al Diego Pablo Simeone sobre si cambiaría la camiseta con algún jugador inglés al término del encuentro, a lo que “El Cholo” contestó sin vacilar: “Esta casaca no se cambia”. Aplaudo la respuesta de Simeone, pues cualquier persona normal comprenderá que no está incitando a sus hinchas a coser a cuchillazos a la afición rival, si no lanzando un claro mensaje a todo el mundo: en un choque entre antagonistas no se hacen prisioneros.

Hace ya algún tiempo que algunos periodistas deportivos mantienen que desde los 5-0 del Camp Nou y el Bernabéu en los 90 existe un “pacto de no agresión” entre los futbolistas de ambos equipos, que los capitanes que se van sucediendo al frente de cada escuadra desde entonces se encargan de mantener vigente. El hipotético pacto consistiría en no cebarse con el rival en caso de poder infligirle una derrota más abultada que un 3-0. Obviamente no quiero creer que esto pueda ser verdad, por muy buenas relaciones personales que puedan existir entre los futbolistas fuera del terreno de juego. No se trata de llevar las cosas al extremo como el legendario y polémico (y rudo, violento, racista y homicida) jugador de béisbol de principios del siglo XX Ty Cobb: “El béisbol es una guerra. No se trata de ganar, sino de humillar. Le arrancaría el corazón a mi mejor amigo si tratara de impedirme una carrera”. Después del 0-3 de 2006, como todos los culés uno estaba muy contento y orgulloso, pero no podía dejar de pensar que habíamos dejado escapar una oportunidad única de machacar al Madrid en su feudo con un resultado antológico: nuestra rivalidad nos obliga a no dejar escapar oportunidades como esa (la de regalar a los tuyos un día para el recuerdo eterno) porque se dan en escasísimas ocasiones a lo largo de la historia. Como dijo en una ocasión Jim Calder, capitán de la Selección escocesa de rugby: “Ganar a Francia es un placer, ganar a Inglaterra es un deber”

En el clásico sólo existen dos camisetas antagónicas, materia y antimateria. No hay tregua entre el león y el cazador, entre Ahab y Moby Dick. Hay tiempos en los que ganar al máximo rival se convierte en la única alegría a la que una de las dos aficiones puede aspirar, a modo de lo que el poeta italiano Giacomo Leopardi describía en su famoso poema “L’infinito”: “…e l’inferno me dolce in cuesto mare.” Desde luego el clásico es definitivamente algo más que tres puntos (o seis…), contrariamente a lo que muchos nos quieren hacer creer, y la situación contextual con la que se llega al pitido inicial se olvida durante de los 90 minutos en los que se disputa el partido. Pero bajo mi punto de vista y siguiendo con el símil literario no deberíamos jugar en esta historia el papel que el obstinado capitán Ahab desempeña en el retrato de su obsesión por la ballena blanca que magistralmente describió Herman Melville en la conocida novela. El viejo lobo de mar era un hombre lleno de virtudes, un líder nato con una gran inteligencia y conocimientos, pero absolutamente absorbido por el objetivo de acabar con su enemigo acérrimo, lo que le costó al final la vida. (Que conste que esta comparación no es unidireccional y nada tiene que ver con el color de la monstruosa ballena, que es tanto el color de la pureza como el de la taza del WC.) Por tanto sí hay vida después del Barça-Madrid, pero hay que luchar el clásico con todas las fuerzas que se posean y, si es necesario, también las que no. De hecho pienso que la actitud perfecta que hay que tomar hacia el eterno rival es la que ejemplificó nuestro Luís Enrique, que jamás hablaba de su “ex-ex-ex-equipo” (como él lo llamó) fuera del terreno de juego, pero que derrochó fuerza y pasión como nadie en cada clásico que disputó.

En definitiva, sólo queda esperar una victoria blaugrana el domingo. Como decía un obispo de Bilbao “El cielo tiene que ser como un Athletic-Real Madrid con el Athletic siempre por delante en el marcador”. Disfruten porque son sólo dos veces al año (o quizás alguna más… ya hablaremos de eso en otra ocasión). ¡¡A por ellos!!