“La junta directiva ideal estaría compuesta por tres hombres: dos muertos y un agonizante.” Mucha gente de fútbol como el viejo gruñón Bill Shankly compartirán seguramente su opinión. En los últimos tiempos y en lo que al Barça se refiere, encontraríamos tristemente multitud de socios, hinchas, periodistas e integrantes de ese extraño y etéreo ente que Johan Cruyff bautizó tan exitosamente como “el entorno”, que firmarían letra por letra tal afirmación, seguramente con el nombre de Joan Laporta como blanco de sus peores pensamientos.
Como ya hice en alguno de mis anteriores posts, y recordándoles que uno no se autodefine como “laportista” aunque a algunos les pueda parecer todo lo contrario, permítanme en lo que sigue alejarme un poco del mundanal ruido e intentar poner algunas cosas en su sitio, con el fin de ejercer una modesta defensa de la labor que esta presidente y su junta directiva ha venido haciendo en estos últimos años al timón del Club.
Des de hace ya mucho (demasiado) tiempo, existe un ámplio sector de la prensa española que tiene en el punto de mira de sus críticas a Joan Laporta, ya sea por la berborrea de su famoso loro, sus escarceos con la política o simplemente por su gestión al frente de la entidad. Han sido varias las ocasiones en que, en este mismo espacio, me he permitido la licencia de aplaudir sus decisiones, como también de lamentar amargamente otras (Modernizando, remodelando, rompiendo…), lo cual creo me exime de toda sospecha de parcialidad u oportunismo, tras los grandes resultados del equipo en estos últimos meses.
Hace ya casi siete años, el entonces candidato a la presidencia Jordi Majó decía, tras la bochornosa gestión de Joan Gaspart al frente de la entidad y el desánimo general de la “culerada”, que el objetivo del proyecto deportivo del nuevo Barça debía ser el de conseguir “dos Copas de Europa en ocho años” (entiéndanse dos legislaturas), que situarían al Club a la una altura acorde con su grandeza social y económica. Hoy el Barça es la escuadra más admirada y exitosa del mundo, con una estructura de equipo y una política de cantera que son la envidia de todo el planeta fútbol. Tras alzarnos con nuestra tercera Champions League, Joan Laporta pronunció una frase histórica y a mi entender más que acertada: “Tengo la sensación que con este triunfo el Club entra por fin en la normalidad.” Suscribo completamente su opinión.
En términos deportivos el éxito de la gestión de Laporta es pues absolutamente indiscutible, y uno tiene la firme convicción que al final lo que cuenta es la pelota. Como decía Maradona sobre la FIFA antes de convertirse (para bien o para mal) en seleccionador argentino “Blater [léase los directivos del fútbol] es un esclavo de los futbolistas”. No olvidemos que algunos candidatos como Josep Maria Miguella, quien siempre se ha permitido la licencia de criticar las decisiones de la actual junta, esgrimía como bazas electorales nombres como D’Alessandro, Nihat, Petrov o Makaay. Las bazas de Majó eran Karpin y Kezman. Algunos pensarán que los primeros triunfos conseguidos por el Barça de Rijkaard – Ronaldinho fueron mérito de Sandro Rossell, quien negoció con gran habilidad la contratación del astro brasileño (al que, no olvidemos, tanto debemos), así como las incorporaciones de otros puntales de ese equipo campeón, como Deco, Márquez o Belletti. No hay que olvidar las intenciones del mismo Sandro, que tras una mala primera vuelta quiso cesar a Rijkaard para canviarlo por Luís Felipe Scolari, quien des de entonces ha fracasado allí donde ha entrenado, (si bien es cierto que nunca sabremos el rendimiento que hubiera dado en el Barça). Más tarde Rosell defendió la contratación de Luís Fabiano o incluso del problemático Adriano (que en ese momento era uno de los futbolistas más caros del mundo) por delante de Samuel Eto’o. La cabeza fría de Laporta y su confianza en la labor de Rijkaard (recordemos, tras una humillante derrota por 5 a 1 en Málaga) está sin lugar a dudas a la altura de la defensa a ultranza que Núñez, en contra de la opinión de su junta directiva al completo, otorgó a Cruyff su momento, y que es considerada hoy como una decisión clave en la exitosa historia reciente del Club. Es un hecho que en materia deportiva, Laporta ha sabido (bien sea por acierto personal, accidente, fortuna o combinación de todas ellas) rodearse de la gente que el Club ha necesitado en todo momento, incluídos Txiki (al que ya dediqué una modesta Oda hace ya algún tiempo), Rijkaard, el propio Rosell o el mismo Pep Guardiola.
A pesar de los éxitos deportivos, hay quien sigue manteniendo que el Barça merece un presidente mejor que Joan Laporta, cuyas formas han sido en demasiadas ocasiones muy reprochables. Su actitud inflexible con respecto a algunos temas internos y sus apariciones públicas, en demasiadas ocasiones esperpénticas y lamentables, no deberían ser propias de una cargo a la altura del que ostenta. Por otro lado hay un sector de la prensa, definida por el propio presidente como ” la caverna mediática española” que se dedica con demasiado interés ha ensañarse con dichas actitudes. No será uno sospechoso de compartir las ideas políticas de Laporta (en absoluto), ni conoce las segundas intenciones que podría tener en tal dirección, pero uno tiene que reconocer que sus palabras me parecen de una exactitud aplastante.
Qué decir de la tristemente publicitada moción de censura, promovida por el (enigmático, anónimo, independiente…) socio Oriol Giralt. Imaginen por un momento y a toro pasado, la catástrofe que hubiera supuesto para el equipo y sobretodo para la entidad (¡a sólo un año y medio para la finalización del mandato!) la convocatoria de unas elecciones anticipadas, con todo el huracán mediático y autodestructivo que suele envolver al Club en tales situaciones para disfrute de algunos sectores periodísticos citados mas arriba, un revuelo de tal calibre, justo en el momento en que el equipo que ha conquistado la perfección en 2009 se encontraba en las fases más primarias de su proceso hembrionario, y todo armado alrededor de motivos puramente extradeportivos.
“¿Los hooligans en el fútbol ? Bueno, están ahí, pero la verdad es que creo que hay bastantes más en la Cámara de los Comunes que en los campos ingleses”. Valga la afirmación del gran Brian Clough (“¡Long live Brian Clough!”) para ejemplificar tanto la inesnsatez que impera entre aquellos quienes poseen el poder de decisión sobre la competiciones futbolísticas (ya sean directivos de clubes, miembros del “entorno”, FIFAs, UEFAs, etc.), blanco de la ironía de Bill Shankly, como también la de los grupos ultras que utilizan el deporte para ejercitar su estupidez. Habrá quienes pensarán, sobretodo en la capital, que Laporta se comporta en algunos sentidos y ocasiones como un hooligan, pero el hecho es que a la altura de la magnífica gestión deportiva, el gran logro de la presidencia de Laporta ha sido, sin lugar a la menor duda, la expulsión de los violentos de las gradas del Camp Nou. ¿Cuantos de los que se atreven a aleccionar a la presidencia del Club sobre la gestión de la entidad habrían tenido el aguante y el valor de enfrentarse a la ira de unos tipos cuya peligrosidad sólo es comparable a una estupidez? ¿Por que hasta la fecha el Club había cargado con unos gángsters de poca monta que se quieren hacer llamar orgullosamente “locos”, y que para colmo de males lo escriben con faltas de ortografía? (”boixos” en catalán es un tipo de arbusto, y no “locos”, que se escribe con jota y que supongo sería como estos energúmenos desearían ser llamados). Sorprende lo poco que se ha reconocido y publicitado la valentía de la actual directiva en este sentido, la primera y la única en todo el mundo que se ha atrevido a lidiar con un problema tristemente tan global. Algunos defienden que existen intereses ocultos en tal gesto, pero el resultado final e irrefutable es que los violentos ya no habitan en el Club, lo que en un mundo sensato debería haber sido una noticia de impacto y largo alcance.
Algunos opinarán que Joan Laporta ha tenido suerte, que ha tenido comportamientos impropios de su cargo, y que puede que se sirva en un futuro próximo de la posición mediática que ha ocupado como trampolín hacia aventuras personales. Otros dirán simplemente que ha servido al Club de manera desinteresada, sincera y sobretodo exitosa. Sea como sea, los resultados dictan que antes de su llegada el Club era un caos organizativo y económico, un equipo a la deriva y una entidad sumida en un pesimismo enquistado e interminables luchas internas. Siete años después, el Club ha escrito las páginas más brillantes de su historia, despertando la admiración y la envidia de todo el planeta fútbol. Dos veces campeón de Europa (con el Bernabéu en el horizonte…) y actualmente campeón del mundo, comparado con las escuadras más legendarias de la historia y completando el mejor año de la historia de un club de fútbol, enterrando el clásico pesimismo culé con un 60% de jugadores de la casa y practicando un fútbol espectáculo marcado ya a fuego en el mismo ADN del Club.