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Mariscales

16 Diciembre, 2008 por rodri

Hace ya algún (o demasiado) tiempo que yacen abandonados en las catacumbas de este espacio una serie de estudios y disertaciones subjetivas, que desarrollé con la intención de catalogar las distintas especies que habitan el variopinto mundo del fútbol y del deporte, y que, como no podía ser de otra manera, acompañé con una suculenta guarnición de ilustrativos ejemplos. Ya va siendo hora pues, tras Tiburones, Pufos, Vedettes y Carniceros, que desvele la quinta entrega de la saga, inspirada en la visión de el gran Alessandro del Piero, luciendo su zamarra “bianconera” y su brazalete de capitán, a la cabeza de once juventinos en la boca de vestuarios del Santiago Bernabéu, soltando tensión con semblante rudo antes de pisar el césped, como el boxeador antes de enfilar el cuadrilátero, o el pájaro que bate con fuerza sus alas antes de elevarse por encima de los hombres. Tras su memorable actuación en los dos encuentros de Liga de Campeones contra el Real Madrid, toca hablar de Mariscales, los leones del deporte.

Según Michael Jordan, “El corazón es lo único que separa a los buenos jugadores de los grandes.” El 10 de la Juventus, orgullo de la hinchada turinesa, rocordó al mundo, sus 34 años recién cumplidos y sobre el césped, donde debe hacerlo un futbolista, el significado de la palabra liderazgo. Muchos (entre los que me incluyo) daban su carrera por acabada, bastante antes incluso de conocerse el descenso de la Bechia Signiora a la Serie B tras el escándalo del “Moggigate” hace ya un par de años. Al contrario que la mayoría de la plantilla de estrellas con que contaba por aquel entonces el equipo, incluído el entrenador Fabio Capello, el capitán mostró des del primer momento su intención de renunciar a su estátus de privilegiado en el escaparate futbolístico europeo y seguir a su Juventus hasta el mismísimo infierno futbolístico (pues esto era precisamente la segunda división para la escuadra con más “Scudettos” de la historia del “calcio” italiano), adquiriendo el compromiso firme de devolverla a los puestos de honor del futbol continental. Algunos, como el extraordinario delantero sueco Zlatan Ibrahimovic, el héroe del Mundial de Alemania Fabio Cannavaro o el mismo Capello, no dudaron en forzar su marcha; otros como Zambrotta o Thuram se fueron en silencio, y jugadores cotizados como David Trezeguet o Mauro Camoranessi permanecieron en la Club tras flirtear con el traspaso durante todo el verano. La determinación de Del Piero de reflotar el barco a toda costa arrastró a los veteranos Buffon y Nedved, y hace unas semanas, en el Bernabéu, cumplió su promesa haciendo justicia a su nombre y cerrando el círculo. Por momentos, su juego que recordó al de aquel chaval que ascendió al primer equipo para sustituir al gran Roberto Baggio, demostrando que fue un jugador de Serie B por entrega a sus colores, y nunca por haber perdido la capacidad de desequilibrar un partido de una competición de élite. Hay jugadores que pertenecen a una camiseta.

En las ocasiones en que uno habla sobre Marisacles, esta última afirmación adquiere importancia superlativa. Qué me dicen de Riquelme, futbolista apático que a penas dio una buena temporada en Villareal tras su discreto paso por el Camp Nou, pero que cuando se enfunda la casaca azul y oro de su Boca Júniors pasa a convertirse en Román, piedra angular y mito viviente del cuadro xeneize, y cuya trayectoria deportiva se ha desarrollado en paralelo a la de su extraño compañero de fatigas Martín Palermo, que en la Bombonera  sufre su metamorfosis particular para transformarse en “El Loco” Martín, bombardero cazador de goles. Para que los hinchas de River no se sientan ofnedidos, grande es también la historia del extraordinario “Principe” del Monumental, Enzo Francescoli, que vivió también el fracaso europeo, pero cubrió de gloria a los millonarios liderándolos magistralmente durante su dominio del fútbol suramericano en los 90.

El escritor Francisco Humbral dijo en una ocasión que “El fútbol es la estilización de la guerra”, y cuál ejército, cada equipo tiene sus soldados, sus mandos inetermedios y sus generales. A diferencia del Tiburón, el Mariscal entiende que la verdadera gloria se esconde en liderar un triunfo colectivo (y por tanto compartido) muy por encima de la que puede alcanzarse en el éxito invidividual (seguramente razón por la cual, por poner ejemplos ajenos al fútbol, a los golfistas les motiva tanto jugar la Ryder Cup o a los tenistas la Copa Davis). Es por ello que, volviendo a Italia y rememorando otras grandes actuaciones de futbolistas transalpinos en el Bernabéu, es imperativo honrar en estas líneas al mejor Mariscal de campo de la actualidad: “Juego para que me recuerden.”  No hay otro como Francesco Totti. Paradigma del líder entregado a sus colores, el Aquiles romano ha entendido como nadie la poderosa capacidad que el fútbol posee para inmortalizar sus leyendas. Tras su asombrosa victoria en la carrera por la Bota de Oro tras aceptar jugar de 9 como sacrificio personal en favor del equipo, fue preguntado por su temprana afiliación a la hinchada “giallorossi” en una época en la que el Milan de Sacchi dominaba Italia y Europa: “Es cierto que el Milan era más poderoso con Van Basten, Gullit y Rijkaard. No estaba mal. Pero, como romanista, no podía admirarlo.” En ocasiones uno gustaría de ser hincha de la Roma para poder sentir que ese tipo es uno de los tuyos. De esta forma, vemos en Totti uno de los rasgos más característicos de esta raza de leones: hoy es impossible imaginar a la Roma sin su Mariscal, su nombre no caerá en el olvido.

Como tampoco debería hacerlo para el gran público el que posiblemente sea el líder más feroz de la historia del futbol, protagonista a principios de los 50 de una de las hazañas más hermosas y recordadas de la historia del fútbol para gloria de la casaca celeste de Uruguay. Tras la clasificación para la Final de la Copa del Mundo de Brazil’50, los directivos uruguayos visitaron el vesuario del equipo satisfechos: “Muchachos, cumplieron”, dando por buena la segunda posición del campeonato, a lo que una voz de trueno respondió sin vacilar: “¡Cumpliremos sólo si somos campeones!”. En los minutos antes de saltar al césped de Maracaná bajo la mirada de 200.000 enfervorecidas almas brasileñas que ya celebraban la victoria, Obdulio Varela, orgulloso capitán del cuadro uruguayo, arengaba a los suyos: “¡Los de afuera son de palo!”. Tras el primer gol brasileño a cargo de Friaca, “El Negro Jefe”, con su mítico 5 en la espalda, se dirigió con tranquilidad y paso firme hacia la portería, recogió suavemente el balón de las mallas, y sin soltarlo se dirigió de la misma guisa primero al juez de línea y luego al árbitro para reclamar un fuera de juego inexistente, hasta el punto de pedir un traductor para poder dialogar con el juez. La repleta grada de Maracaná fue apagando su griterío hasta enfriarse por completo en el momento en que Varela colocaba el esférico en el punto central. El 5 de Uruguay paró el partido dando un respiro a los suyos; el resto es historia. Todos sus compañeros en el equipo uruguayo del Maracanazo coincidieron en considerar que sin el liderazgo de Varela nunca hubieran alcanzado el éxito. Con él sobre el césped, Uruguay jamás conoció la derrota en ningún encuentro mundialista. Murió como nació, en la pobreza, pero su nombre tampoco caerá jamás en el olbido.

En algunas ocasiones, la aureola de líder de un grupo, de mito viviente, traspasa aquello que únicamente concierne a los propios compañeros de equipo para empezar a hacer mella en el rival. ¿Qué me dicen sino del gran Eric Cantona y el murmullo que tomaba las gradas de los campos ingleses en las contadas ocasiones en las que, por alguna inusual razón, el francés salía des del banquillo? Pero desde luego si nos atenemos a este aspecto del carácter del Mariscal, no se puede pasar por alto al legendario meta soviético de los 50 y los 60 Lev Yashin, “La Araña Negra”. Único portero de la historia en ganar el Balón de Oro, cuenta la leyenda que los delanteros rusos que se enfrentaban a su Dinamo de Moscú creían que Yashin podía desviar el balón sólo con la mirada, y que algunos incluso sentían la obligación de pedirle perdón cuando le marcaban un gol. El mismísimo Pelé llegó a decir que “cuando encaras a Yashin, lo mejor que puedes hacer es entregarle directamente el balón”.

Aunque uno es culé y tiene que guardar las formas, sería poco menos que un pecado capital (recuerden que según el periodista de la Cadena SER Manolo Lama caminamos sobre un mundo en el que “Dios es del Real Madrid”) dejar de preguntarnos en una ocasión como esta, si sería imaginable pensar en el 7 de Raúl impreso sobre una camiseta que no fuera la (purísima y blanquísima) del Real Madrid; pues después de todo el beato Florentino Pérez se preguntaba hace ya algún tiempo: “¿Hay alguien que sea capaz de imaginarse el fútbol sin el Real Madrid?”

Volviendo a asuntos más terrenales, hablamos pues de jugadores con alma, grandes capitanes. Paul Scholes (según Bobby Charlton “el último jugador que simboliza todo lo que es el Manchester”); el poeta guerrero del Liverpool Steven Gerrard (tras una derrota: “La gente ha pagado dinero por vernos, se priva de caprichos, y no hemos estado a la altura del Liverpool. Tenemos una obligación con la camiseta, con la gente y con este pueblo. Que nos echen la culpa a los jugadores. Yo les pido perdón. Hoy no fui digno de jugar en el Liverpool”); Franco Baresi primero y Paolo Maldini después en el Milan; Puyol o Luis Enrique en nuestro Barça (del que el arisco Mourinho decía en sus tiempos de segundo de abordo de Bobby Robson “Yo siento por él algo especial. Habla poco, trabaja mucho, bromea con todo el mundo, no sabe perder y además no sabe responder en qué puesto le gusta jugar más”)…

Muchos pensarán que todos los equipos cuentan con un Mariscal, el hombre que tira del grupo en los momentos difíciles, pero la realidad es que sólo algunos elegidos consiguen elevarse por encima del resto y conseguir que su nombre permanezca tan íntimamente ligado a una camiseta como sus mismísimos colores imperecederos; de la misma manera automática en que nuestro subconsciente asocia el nombre de Julio César a la antigua Roma o el de Haníbal a los cartaginenses que hicieron temblar sus cimientos: “Encontraremos un camino o haremos uno nuevo.”

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