Cuando alguien que no me conoce demasiado me pregunta de qué equipo soy suelo contestar con semblante sorprendido y tono de obviedad: “del Barça, naturalmente”, y me gusta añadir “no se puede ser de otro equipo”. Si la conversación continúa (y des de luego continuará si el interlocutor es merengón o en su defecto extranjero, pues en ambos casos el personaje en cuestión no se entera de qué va todo este asunto) me encanta soltar con rotunda seguridad que “nunca he entendido como se puede ser de otro equipo que no sea el Barça”, esgrimiendo a continuación y con absoluta vehemencia los motivos de mis afirmaciones.
¿Qué es lo hace del Barça “Més que un Club”? Como ya defendí ampliamente en el post ¿El Barça is Diferent? mi opinión es que en los tiempos que corren la razón última de esta distinción ya no es tanto la catalanidad de nuestra entidad ni la lealtad de su afición, hecho que desemboca irremediablemente en que muchos se cuestionen hoy la veracidad de la famosa frase. Sí existen en cambio algunas singularidades que nos distancian tremendamente del resto de clubes punteros en Europa y que pueden darnos la clave de la confusa situación que vivimos en estos momentos en Barcelona, un oscuro dejavú del que nunca hemos logrado escapar.
Después de leer el anterior párrafo algunos de ustedes (si no todos) se preguntarán qué es entonces qué nos da ese plus que no tengan ya equipos como el Liverpool, con sus Bill Shankly y Bob Paisley, su “You’ll Never Walk Alone”, su “This is Anfield” o la atronadora “Curva Kop”; el Manchester United con sus “Busby Babes” y la “Tragedia de Munich“ a la que evoca el reloj parado a las 15:05 del día 6 de febrero del 58 en Old Trafford, “El Teatro de los Sueños” según Bobby Charlton y donde jugó el mito George Best con el 7 que heredó Eric Cantona. Qué me dicen del Milan y su legendaria ciudad deportiva de Milanello; o por qué no decirlo, el Madrid y sus 9 Copas de Europa. El Athletic de Bilbao, el Celtic de Glasgow, Boca Júniors, con La Bombonera y el 10 de Maradona, y un largo etcétera sólo para citar a los más ilustres. A un servidor también le encantan la liturgia de los ingleses y la pasión de los argentinos, y es cierto: el Camp Nou ha silbado al equipo cuando ganaba 6-0 al Logroñés para sorpresa de Sir Bobby Robson en el 97, recientemente dedicó una sonora pitada a un joven de la casa como Giovani dos Santos por chupón o, como apuntó con humor británico otro Sir, Alex Ferguson, nuestras gradas son propensas a sacar el pañuelo con saña contra los jugadores o la directiva. Dicho todo esto, a mi el equipo que me pone (con perdón por la expresión) sigue siendo el Barça, y me reafirmo en las frases que he lanzado al principio y que intentaré argumentar en lo que sigue.
Muchos periodistas deportivos, creadores de opinión o tertulianos (como prefieran llamarles) atribuyen tanto la grandeza del Barça como sus males crónicos a la “carga social” que arrastra el Club. Mi opinión es que esta idea no es del todo equivocada si se estudia des de la óptica adecuada y con el matiz necesario, pues como ya he dicho esta “carga social” no proviene de la supuesta catalanidad del Club.
Atendiendo a los “finales de ciclo” que se repiten dramáticamente en esta entidad, asumidos por la gran mayoría de la “masa social” como naturales e inevitables por defecto, pues aquí radica el significado de la recurrente palabra “ciclo”, uno cae en la cuenta de la gran diferencia actual existente entre nuestro Club y la mayoría de los citados anteriormente: el carácter empresarial de su propiedad y su gestión. Como es lógico en un ente que, aunque formado de personas, necesita del alimento del beneficio para subsistir, la empresa centra sus balances en el rendimiento de sus empleados: si un asalariado no rinde lo suficiente, no trabaja lo necesario o estipulado, o inclusive llega hasta el extremo indeseable de perjudicar la marcha o la imagen de la propia empresa, los propietarios tienen toda la potestad de tomar las medidas que consideren adecuadas por extremas que éstas puedan ser, pues en la sociedad del capitalismo no hay nada más personal e intransferible que la propia cuenta bancaria, hecho asumido por empresarios y trabajadores por igual.
Este principio de autoridad regido por la relación propietario-trabajador, por incuestionable, puede llegar a ser de vital importancia hablando en términos futbolísticos y de Club llegado el momento de tomar decisiones. En la gestión empresarial, como no podría ser de otra manera, se recurre o no al sentimentalismo con el único fin de aumentar los beneficios; y esta es una mentalidad que, aunque aquí nos sorprenda, puede arrojar sustanciosos dividendos deportivos. Es por todo esto que el Barça, por suerte para unos y desgracia para otros, es el último reducto de los románticos del fútbol, el último Club auténtico, “no se puede ser de otro equipo”, pues pertenece exclusivamente al pueblo, que es la razón última de la grandeza del fútbol como fenómeno de masas.
Naturalmente este matrimonio (hasta que la muerte nos separe) contraído con el romanticismo acarrea dramáticas consecuencias para nuestro Club, contra las que otros están completamente inmunizados por las razones antes esgrimidas. De esta forma ningún equipo inglés, con toda su mística y con sus propietarios multimillonarios rusos, árabes o estadounidenses, duda ya en presentar un once sin ningún jugador nacional, renunciar a su juego tradicional o bautizar su nuevo estadio con el nombre de la empresa que lo ha subvencionado si con ello obtiene beneficios deportivos (y por tanto económicos). Aquí en cambio cualquier decisión es puesta a debate social, pues no sólo el socio, si no también el aficionado raso, se ha sentido desde siempre propietario del Club y razón final de su existencia.
¿Cuantas horas semanales de radio y televisión, o páginas de periódicos, se dedican exclusivamente al Barça en Catalunya? No creo que haya ningún otro Club deportivo en el mundo que igualase la cifra de poder medirse. Hace pocos años vivimos las complicaciones éticas del patrocinador de la camiseta: al debate de “publicidad sí” o “publicidad no” (ya me posicioné por el “no” anteriormente) siguió el debate entre los que repudiaban la opción Bet and Win por ser una casa de apuestas o China (fuera cierta la oferta o no) por el tema de los derechos humanos, y los que apostaban por elegir Unicef no sólo sin cobrar, si no pagando por ello: hoy son varios los equipos que lucen la casa de apuestas por internet en su camiseta sin rubor alguno, y varias emisoras de radio cuyos periodistas asalariados hablaban en contra es esta opción emiten y publicitan hoy la misma firma o similares. Estos días estamos ante el encendido debate, incluso en el seno de la propia directiva, sobre el nombre del próximo entrenador: a muchos les puede la fibra culé y abogan por Guardiola frente a la posibilidad de traer a Mourinho: ¿qué otros grandes clubes del continente se plantearían tal debate?
Es esta y no otra la razón por la que el culé es más exigente que el resto de futboleros hasta el punto de abuchear al equipo al que ama o pedir un mayor compromiso a sus jugadores, a quienes paradójicamente y de bien seguro, una directiva del tipo empresarial que se jugase su propio dinero en el proyecto no habría dejado que se desbocaran de la forma en que lo han hecho, cerrando de nuevo el “ciclo” (esto no significa que la actual directiva no esté suficientemente comprometida con el Club, simplemente no puede llegar al grado de implicación personal que tiene un propietario con su propia empresa). La pregunta es: si, por poner un ejemplo, la afición del Liverpool sigue estando tan orgullosa de su equipo como lo estaba antaño, ¿de qué nos sirve nuestro romanticismo? (Pregunta de dificilísima respuesta, pues si realmente somos unos románticos no deberíamos estar planteándola…)
En el fútbol español también tenemos el caso del Athletic de Bilbao, pero este es un caso muy particular que algún día me gustaría tratar con más calma. Claro está, muchos de ustedes sabrán que el Madrid también pertenece a sus socios y por contra no adolecen de estos males: por ejemplo y volviendo al tema de la camiseta, lucen sin ningún problema la publicidad de Bet and Win simplemente porque era la mejor oferta económica. No es mi intención entrar en política y no me gustaría ofender a nadie, pero pienso que el Barça es un fiel reflejo de la sociedad catalana actual (lo que no significa que sea “Més que un Club” por ello): en su mayoría (y ojo, hablo de mayorías, no de totalidades) el catalán medio ya no quiere la independencia total, si no el reconocimiento de sus singularidades dentro del estado: nos gusta ser un “país petit” como el que describía Lluís Llach y si no fuéramos víctimas de vez en cuando (con o sin razón) parece que ya no seríamos catalanes, pues perderíamos ese carácter reivindicativo de lo propio. Extendiendo esta idea al Barça, todos estos debates, banales para le resto de clubes (incluido el Madrid) son parte de la salsa de nuestro Club, que sería menos especial sin ellos, aunque de bien seguro muchos lo preferirían así: ésta es el alma de todos nuestros debates.






