District line del metro de Londres, parada en la estación de Southfields. Un rÃo de gente se baja de los vagones. TodavÃa no se atisba el All England Club, queda por delante una caminata de unos 15 o 20′, dependiendo del ritmo de zancada. Aunque podemos advertirles que el marchador Paquillo Fernández sudarÃa la camiseta. Alcanzada la calle, se produce una estampida colectiva. Unos tiran de otros, el ritmo se intensifica sin motivo alguno. Se crea una absurda e inconsciente competición por alcanzar Wimbledon.
Los más cómodos optan por subirse al autobús y pagar una libra (1.30 euros) o compartir un taxi con otras personas a costa de dejarse unas 2 libras (2.60 euros). Éstos se quedan sin el Gran Bazar que se monta en la calle que acaba desembocando en Church Road, a tiro ya de la ‘Catedral’. Recomendamos llevar una bolsa para ir recogiendo los obsequios que diferentes casas comerciales regalan: chicles, zumos, helados, botellas de agua y también un donut, aunque éste no es gratis. A cambio hay que ponerse un ridÃculo gorro de cartón.
También hay la posibilidad de hacer una parada técnica rascándose el bolsillo. Un jardÃn de una casa particular ha sido tomado por dos caravanas, desplegadas a modo de bar: en una se puede comprar comida rápida y en otra, la bebida. De repente aparecen dos niños, de no más de 10 años, ofreciendo bebidas frÃas. Otra residencia ejerce de improvisada boutique de recuerdos tenÃsticos. Una fotografÃa de Rafa Nadal se cotiza a 20 libras (26 euros). Más rentable, en referencia a las tiendas oficiales de Wimbledon, puede salir la compra de algún recuerdo con la W del torneo. Son copias.
Superado un repecho, aparece Wimbledon. Que nadie cante victoria, una nueva cola por delante (esto de situarse en hilera y esperar por cualquier motivo es un deporte nacional que deberÃa ser implantado en los Juegos OlÃmpicos de 2012). Toca registro de las bolsas, realizadas por jóvenes sin experiencia alguna, que de agentes tienen sólo el traje azul y la gorra de plato que les distingue. El tiempo de espera dependerá de la presencia o no del supervisor. Si el jefe no está atento, los mal pagados muchachos apenas se molestan en revolver un poco tus enseres. Cuando el ‘boss’ vigila… ¡cagada! (perdón por la expresión). Miran cada rincón del bolso con extremo celo sólo para ahorrarse la bronca.
¡Un destornillador en esta mochila! La joven estudiante reconvertida en agente levanta al aire el objeto alarmada. El propietario de la herramienta no sale de su estupor, muestra su acreditación oficial. Es electricista, de una de las compañÃas que operan en el torneo en tareas de mantenimiento.
Barrera superada, a ver tenis o a consumir. En este último caso carguen sin reparos la cartera o asuman que su tarjeta de crédito echará humo. El logo o los colores de Wimbledon se cotizan alto.






