Falta un cuarto de hora para que dé comienzo la final España-Alemania de la Eurocopa. Los pubs londinenses están a reventar. Ninguna selección de las Islas se ha clasificado para el torneo, pero la pasión por el fútbol y la cerveza (pinta) provocan el lleno. El recinto dispone de ocho pantallas de televisión, es amplio, pero no hay sitios para todo. Muchos optan por tirarse en el suelo, en una moqueta que atestigua muchas batallas. Hay quien sigue las jugadas a punto de dividirse en dos: la cabeza asoma por detrás de una columna, estirándose al máximo mientras mantiene como puede las piernas en el suelo.
El trasiego de cervezas impresiona. Ritmo alto y constante. Un servidor osa pedir un refresco de cola. No es fulminado por las miradas curiosas de los más cercanos, pero me siento de una especie rara. Comienza el partido, ya sólo hay ojos para las diabluras de Xavi, Iniesta, Torres y compañía. Los británicos se decantan mayoritariamente por España, el gol de Fernando es celebrado como propio. Uno, vestido con la camiseta del Arsenal, tuerce el morro. Le ha gustado el 1-0 de la ‘roja’, pero tiene cuentas pendientes con el Liverpool.
Concluye la primera parte. Camino a los lavabos, aunque sin aglomeraciones. Nadie quiere perder su sitio, especialmente si se ha hecho con una silla o un rincón en un sofá. Dejan una prenda en su territorio para marcarlo. Vale una chaqueta, también un paquete de cigarrillos (los fumadores se aguantan sin dar una calada ya que salir a la calle puede significar ceder la plaza) e incluso el enorme vaso de cerveza en difícil equilibrio.
Quizás son precauciones excesivas, hay una suerte de compañerismo en el local. Quienes peor lo están pasando son dos mujeres alemanas, una de ellas con una grosera manía de levantar el dedo índice hacia la pantalla de televisión, con dirección a los que visten la ‘roja’, o a al puñado de españoles que las rodea. Están solas, hay muchos turcos, rápidamente alineados con los intereses de Luis Aragonés y los suyos. Uno se despedirá de las teutonas con un sarcasmo que evidencia resentimiento.
La selección española se proclama campeona de Europa. Aplauso general. Los británicos alaban el fútbol hispano, a la vez que sacan pecho de los ’suyos’: Alonso, Torres, Fábregas… En la calle, alrededores de la estación de metro de Gloucester, se escuchan gritos de ‘España, España’. Es zona turística.
La algarabía propia asimismo de un fin de semana contrasta con el silencio que debe reinar en el All England Club de Wimbledon. Es una suposición porque sus puertas han permanecido prácticamente cerradas todo el día. Unos pocos accesos quedaron libres por la mañana para que los tenistas pudieran entrenarse en Aorangi Park y los periodistas que lo deseasen tuvieran un breve acceso a la sala de prensa. A las cuatro de la tarde, todos a la calle. Para ver a los jugadores, pases restringidos y limitados a 45 minutos. Y si había algún problema técnico o una duda, a esperarse al lunes. El descanso del domingo de la primera semana de competición sólo se interrumpe cuando la lluvia ha hecho trizas el progama deportivo. No ha sido el caso este año.
Si hacía 44 años que el fútbol español no se proclamaba campeón de Europa, por qué no repetir éxito en Wimbledon, donde el tenis masculino español, en individuales, no toca el trofeo desde que lo hiciera Manolo Santana en 1966. Hace 42 años.